Pasó algún tiempo, y el niño que ya se había convertido en hombre, entró a servir como pastor de los rebaños del Rey, el cual, como era muy bondadoso, le permitió conservar la Corderita a su lado.

Sucedió que en la noche del primer día en que el pastor había entrado en funciones, el hijo del Rey tuvo que pasar por el patio en que estaban las habitaciones de los sirvientes, y se extrañó de oir de la más alejada, que era la que ocupaba el pastor y la Corderita, una voz femenina. Se detuvo a escuchar para referirle a la Reina, su madre, lo que oyera, pues era prohibido que las sirvientas penetraran a las piezas de ese patio; pero no sintió sino murmullos y no alcanzó a entender ni una palabra. Al día siguiente, el Príncipe refirió a su madre lo sucedido, y en la tarde, cuando el pastor regresó, después de guardar el ganado, fué conducido a presencia de la Reina.

A la pregunta que le hizo la Reina de quién era la mujer que en la noche anterior había estado en su aposento, contestó:

—No estaba, señora, con ninguna mujer, sino con una huachita Cordera que el Rey mi Señor me ha permitido guardar a mi lado y a la que he conseguido enseñar varias palabras. (No se atrevió a contarle la verdad).

—¿Y qué palabras sabe? preguntó la Reina admirada.

—Dice ya, papá, mamá, hermano y otras.

—Tráeme la Corderita; quiero verla.

Fué el jóven a su pieza, contó a su hermana lo que había hablado con la Reina y le aconsejó que mientras[{55}] tanto no dijese más palabras que las que él había dicho a la Reina que le había enseñado, y la condujo a la presencia de la soberana.

La Corderita se bañaba todos los días en el río, de modo que siempre estaba muy limpia. La Reina quedó encantada y le dijo al pastor que se la dejase, que ella la cuidaría muy bien.

La Reina le tomó mucho cariño y a todas partes iba con ella. La Corderita la llamaba mamá; al Rey le decía papá, y al Príncipe hermano.