Continuaron su camino muy tristes, desfallecidos, casi sin fuerzas para andar, pero a los pocos pasos tropezaron con un arroyo de agua fresca y cristalina. Echáronse de bruces para beber y cuando sus secas fauces estaban a punto de humedecerse, oyeron estas palabras que salían de la corriente:
—El que de esta agua beba, corderito se ha de volver.
—Hermanita no tomemos...—alcanzó apenas a decir el niño, cuando vió a su hermana convertida en corderita. La pobrecilla, no oyendo la amenaza de que si bebía devoraría a su hermano, se apresuró a apagar su sed y alcanzó a tragar unos cuantos sorbos de aquella agua maldita.
Es fácil suponer en qué estado dejaría esta desgracia a los pobres hermanos, que ya no tuvieron otro consuelo que conversar y comunicarse sus penas, porque, por suerte para ellos, al experimentar la niña su transformación, no había perdido el uso de la palabra. Sin embargo, el niño lloraba mucho; no podía acostumbrarse a ver a su hermana convertida en animal.
Un día le salió al paso una viejecita.
—¿Por qué llora tanto, hijito?—le preguntó.
—¿Cómo no he de llorar, mamita, con la desgracia que nos ha sucedido? ¡Qué no daría yo por ver a mi hermana convertida en mujer otra vez!
—Hijito, eso no es posible por ahora; pero con esta varillita de virtud que voy a ocultar en las lanas de la Corde[{54}]rita, tendrá ella lo que quiera; podrá hasta volverse mujer por tres horas cada vez que lo desee, y para siempre cuando un príncipe quiera casarse con ella.
Y desapareció después de colocar una varita entre las lanas de la Cordera.
Desde ese momento la Corderita dejó de lamentarse y se la veía brincar y correr al rededor de su hermano y balar alegremente; porque ha de saberse que no hablaba con él sino cuando estaban solos.