Este era un hombre que vivía en el campo y había quedado viudo con dos hijos pequeños: un niñito y una[{52}] niñita. El hombre era pobre y para alimentar a sus hijos tenía que salir a trabajar todos los días antes que apareciera el sol, y como los niños no eran capaces de hacer nada, se los dejaba encomendados a una vecina que los trataba con mucho cariño, les lavaba su ropita y les daba muy bien de comer.

Mejoró un poco la situación del hombre y se casó con la vecina; pero ésta, apenas salía su marido de la casa, obligaba a los niños a hacer el fuego, a que le trajesen agua del río en baldes que eran muy pesados para ellos, a barrer y ejecutar otros trabajos superiores a sus escasas y débiles fuerzas; y si la leña no estaba bien encendida, o los baldes no llegaban completamente llenos, o quedaba un poco de basura en el suelo, les pegaba cruelmente con lo primero que hallaba a mano.

Una vez, el niño le dijo a la niña:—Vámonos de aquí, hermanita; ¿para qué estamos sufriendo tanto?,—y al otro día muy temprano dejaron su lecho, abandonaron la casa en que habían nacido y marcharon a la ventura, alimentándose de frutas y de yerbas y durmiendo en las cuevas de las montañas o en los ranchos abandonados que encontraban en su camino.

Después de muchos días de marcha, llegaron a una tierra desierta, sin casas ni árboles, en la que el calor del sol se hacía sentir con toda su fuerza. Los niños morían de sed y en ninguna parte hallaban agua para aplacarla. Por fin llegaron a la orilla de una laguna y cuando se disponían a beber, oyeron una voz que decía:

—El que de esta agua bebiere tiburón se ha de volver y devorará a su hermano.

—Hermanita, no tomemos de esta agua—dijo el niño—aguantemos la sed y vámonos, puede ser que más allá encontremos agua buena.

Muy tristes se apartaron de la laguna y a cada instante más sedientos; pero luego tropezaron con un pozo y el corazón se les alegró. Sirviéndose de una cuerda que estaba en el suelo al lado del brocal, echaron adentro[{53}] un tiesto que cerca estaba, y cuando ya lo alzaban repleto de agua, salió del pozo una voz que decía:

—El que de esta agua bebiere, sierpe se ha de volver y devorará a su hermano.

—Hermanita, no tomemos de esta agua—dijo el niño—aguantemos la sed y vámonos, pueda ser que más allá encontremos otra mejor.

La niña no soportaba la sed, y si no hubiera sido por la amenaza de que si bebía de esa agua devoraría a su hermano, habría bebido hasta saciarse.