Al poco rato el Aguilita pidió de comer y él le puso en el pico un cuarto de cordero. Volaron un rato, y el Aguilita pidió más, y él le entregó el segundo cuarto; después, el tercero; y por fin el único que quedaba.
Iban volando por sobre el mar cuando el Aguilita dijo:
—Compañero, ¿queda carnecita? mire que me faltan las fuerzas y nos caeremos al mar y nos ahogaremos si no como.[{51}]
El joven se cortó una pierna y se la atravesó en el pico al Aguila. Esta escena se repitió dos veces más, y el joven tuvo que cortar su otra pierna y el brazo izquierdo, que el Aguila devoró en un instante. De pronto dijo el Aguila:
—Ya llegamos; bájese, compañerito, que en aquel palacio está su niña; y apúrese porque la van a casar con un príncipe y ella no quiere, porque lo está esperando a usted.
—¿Y cómo me bajo—respondió el joven—si no tengo piernas?
—Echese al suelo no más, y no se demore, que lo dejan sin novia.
Al dejarse caer, el joven se encontró con sus dos piernas y sus dos brazos, y si buen mozo había sido antes, quedó desde entonces mucho mejor. Llorando de alegría, le dió las gracias a la Aguilita, y ella, convirtiéndose en ángel, le dijo que era el de su guarda, que viéndolo tan triste, había venido a sacarlo de apuros.
Cuando llegó al palacio en que estaba su amada, la alegría de ésta fué grande, y en lugar de celebrarse el matrimonio con el príncipe con quien la obligaban a casarse, se casó con el joven que tanto había sufrido por ella y había sido su primer amor. La fiesta estuvo muy buena y hasta ahora estará que se arde; yo me encontré en ella y comí y tomé hasta que casi reventé. Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento para serranías de más adentro.