Las sacó a las otras dos de su encierro y amarrando primeramente a la menor, movió el cordel y los que estaban arriba la subieron. Los dos hermanos, cuando la vieron tan buena moza, se pusieron a pelear, para ver cuál se la[{50}] llevaba; pero ella les dijo que eran tres y que luego subirían las otras dos.
Cuando hubieron subido las tres niñas, los hermanos mayores no volvieron a echar el cordel, y tomando cada uno a su compañera, dejaron abandonada a la menor, que esperó en vano que subiera el joven que había quedado en el pozo.
Un momento después conoció éste su desgracia, y, turbado con la pena que le causaba la traición de sus hermanos, por decirle a la varillita “siete estados para arriba”, le dijo “siete estados para abajo” y llegó a la tierra de los pigmeos, donde, del golpe tan violento que recibió, quedó sin sentidos. Cuando volvió en sí, los pigmeos le habían robado su varillita de virtud.
El pobre entró a sufrir mucho y llegó su miseria a tal estado que se vió obligado a ocuparse como cuidador de los rebaños del Rey de los pigmeos para ganarse la vida.
Un día que lloraba su desgracia, se le apareció una Aguilita y le preguntó:
—¿Por qué está tan triste y llorando?
—¿Cómo no he de llorar, distante de la que amo y viéndome en el estado en que me hallo y sin esperanzas de volver a la tierra?
—Yo lo sacaré de aquí si le parece; pero tiene que llevar mucha carne, porque el viaje es largo y hay que atravesar el mar.
—Está bien, llevaremos un cordero.
Y el joven mató un cordero y dividiéndolo en cuartos lo puso sobre el Aguila y él se montó en seguida encima.