11. EL MIÑIQUE.
(Referido por el niño Mannel Oporto, de 14 años, de Temuco, que lo oyó contar en Santiago en 1911)

Para saber y contar y contar para aprender. Estos eran dos viejecitos muy pobres y muy desgraciados. El marido era aguador y la mujer lavandera; pero por más que trabajaban, el dinero que recibían apenas les alcanzaba para no morirse de hambre.

Una noche que hablaban de su pobreza y de su soledad, dijo la viejecita:

—Si siquiera hubiéramos tenido un hijo, aunque hubiera sido chiquitito, nos habría ayudado a pasar sin tantas escaceses y habríamos tenido con quien conversar en las noches y quien nos cuidara cuando hubiésemos caído enfermos.

—Así es, respondió el aguador; pero, ¿qué sacamos con hablar de estas cosas?

—Tendrán el hijo que desean—dijo una voz que venía del techo.

Los dos ancianos se miraron asustados; y como era tarde, se acostaron y se quedaron profundamente dormidos.

Al otro día se levantaron de madrugada, como de costumbre; el viejecito se fué a acarrear agua para sus parroquianos, y su mujer se puso a lavar ropa.

Apenas se había puesto la lavandera a su trabajo, sintió que por entre el brazo derecho y la manga de la camisa le andaba algo, y creyendo que podía ser una lagartija u otro bicho, se asustó y sacudió el brazo. Sintió caer algo en la artesa; pero aunque nada vió, oyó una vocesita atiplada, que decía:

—Mamita, sáqueme luego del agua, que me ahogo. Buscó la anciana y después de fijarse mucho descu[{67}]brió una guagua tan pequeñita que apenas se veía y que movía pies y manos en el agua jabonada, como si nadara.