Los viejos lo criaron con todo cariño y cuidado y como era tan chiquitín, lo llamaron Miñique, nombre que le venía muy bien, porque, en verdad, el niño nunca fué más grande que el menor de los dedos de la mano.

En lo único que creció Miñique fué en fuerzas, que llegó a tenerlas prodigiosas; y en voz, que cuando gritaba, era más recia que la de cualquier hombre.

Los ancianos lograron ocultar la existencia del niño, que ni siquiera era sospechada de nadie. Era tan lindo, que temían se lo robaran, y el conversar y entretenerse con él era el único consuelo que tenían.

Pasaron siete años y los viejecitos se pusieron tan achacosos que no podían trabajar y el dinero se les concluía.

Treinta centavos no más les quedaban, cuando la antigua lavandera le dijo a Miñique:

—Hijito, tome este diez, y vaya a la carnicería y me lo compra de carne.

Fué el Miñique a la carnicería y golpeó en el mostrador. El carnicero miraba y como a nadie veía, dijo:

—¿Quién golpea?

—Yo, el Miñique—le contestó un vozarrón que llegó a asustarlo:—véndame un diez de carne.

Se asomó el carnicero por encima del mostrador y después de algún trabajo logró ver a un hombrecito que apenas se levantaba unos diez centímetros del suelo.