—¿Y de dónde vas a sacar fuerzas para llevarte diez centavos de carne? El trozo que te diera sería muy pesado para ti.

—Pero, señor, ¿que quiere reírse de mí? ¡Si un buey entero me da, soy capaz de llevarme el buey!

—Bueno, replicó el carnicero; dame el diez y te llevas ese buey que está colgado en la puerta.

Esto que oye el Miñique, se echa el buey al hombro y se lanza a correr con su carga. El carnicero se quedó con la boca abierta, alelado, sin acertar ni a moverse; y[{68}] toda la gente que transitaba por la calle se hacía cruces, pues no se explicaba como podía correr un animal despostado y con las patas hacia arriba; porque al Miñique, como era muy chiquitito y estaba debajo del animal, nadie lo veía.

Los viejecitos se pusieron muy contentos con la adquisición del Miñique, y le dijeron que fuese a comprar cinco centavos de pan.

Se fué el Miñique corriendo a la panadería y se puso a golpear en el mostrador. El panadero sentía los golpes, pero no veía a nadie.

—¿Quién golpea?—preguntó.

—Yo, el Miñique—contestó el niño, con voz formidable.—Deme un cinco de pan.

El panadero se inclinó sobre el mostrador y, asustado de ver aquel pedacito de hombre, le dijo:

—¿Y cómo podrás llevar, siendo tan chico cinco centavos de pan?