—Las cosas de Ud.; ¿que cómo me los llevaré? Pues, lo mismo que se lo lleva toda la gente que viene a comprarle. Si me da lleno de pan aquel gran canasto que está sobre el mostrador, verá Ud. que me lo llevo muy bien.
—Dame los cinco centavos y llévate el canasto.
—Tome el cinco, y écheme el canasto al hombro.
Cogió el panadero la pequeña moneda, y, temiendo aplastar al Miñique con el peso del canasto, con mucho cuidado se lo colocó encima.
Apenas sintió el Miñique que tenía el canasto en sus hombros, echó a correr como si la carga que llevaba fuese una pluma; y aquí fué la admiración del panadero, y de todos los que pasaban por la calle, que veían como un canasto corría solo sin que nadie lo empujara o lo llevara tras de sí.
Llenos de alegría recibieron los viejos al Miñique; y muy pronto se sentaron a comer un buen asado. El viejecito dijo:
—Dejaremos carne para dos días, y la demás la hare[{69}]mos charqui mañana y así tendremos para comer mucho tiempo.
Siguieron conversando muy contentos. En la noche dijo la anciana:
—¡Quién pudiera tomar un matecito!
—Mamita, le dijo el niño, déme diez centavos y yo le traeré un cinco de azúcar y otro cinco de yerba.