—Aquí tiene, hijito.
Salió el Miñique y se dirigió al almacén de la esquina.
—¿Quién golpea?—preguntó el despachero.
—El Miñique,—contestó el niño.—Deme un cinco de azúcar y un cinco de yerba.
Se asomó el comerciante por encima del mostrador y cuando vió aquel pergenio, le dijo:
—Pero, niño, ¿y cómo vas a llevar el azúcar y la yerba? Es mucho para ti.
—No tenga cuidado por eso, señor, que si por un 5 me da un cajón de azúcar y por otro 5 un barril de yerba, yo me los llevaré solito, sin que nadie me ayude.
—Bueno, pásame los 10 centavos y llévate aquel cajón y aquel barril.
—Aquí tiene el 10; pero amarre el barril encima del cajón y después me los echa a la espalda y verá bueno. No sabe usted las fuerzas que tengo.
El despachero se reía de lo que le decía el Miñique, que creía eran puras bromas; sin embargo, hizo lo que el niño le pidió, y al cargar el enorme bulto sobre el pequeñuelo le dijo: