—¡Cuidado, niño, no te vaya a aplastar!

—No tema nada; échemelo no más.

Al sentir el Miñique que el bulto tocaba sus espaldas, se asió de la cuerda y echó a correr, dejando asombrado al almacenero.

Es de imaginarse el gusto de los padres del Miñique cuando lo vieron llegar con su preciosa carga. Ya no se morirían de hambre: tenían bastante carne, pan, azúcar y yerba. ¿Qué más querían? Se tomaron sus buenos mates[{70}] y se acostaron; y al otro día el viejo charquió la carne del buey.

Cuando el charqui estuvo hecho dijo la viejecita:

—¡Quién tuviera algunas cebollitas para hacer un valdiviano!

—¿No le queda todavía un cinco, mamita? Démelo y yo le traeré cebollas.

Le entregó la anciana el cinco, y al salir el niño a la calle se encontró uno de esos cortaplumas pequeñitos que algunas personas suelen usar como dije. Lo tomó, se lo guardó en la faltriquera y siguió su camino.

A poco andar encontró a un cebollero, que llevaba su mercancía en dos grandes árgenas que pendían a uno y otro lado del caballo que montaba.

—Oiga, amigo—le gritó el Miñique—véndame un cinco de cebollas.