El cebollero miraba a todas partes, pero no veía al comprador, a quien ocultaba la yerba que brotaba a la orilla de la acera.

—¡Que me venda un cinco de cebollas, le digo!—repitió el Miñique.

Pero apenas concluyó de decir estas palabras, una vaca que venía por la misma calle comiendo la yerba que crecía en la orilla de la acera, junto con tragarse un puñado de ella, se tragó al Miñique. El Miñique siguió gritando desde adentro de la barriga del animal:

—¡Véndame luego el cinco de cebollas! ¡Mire que mi mamita me está esperando!

El cebollero, casi se volvía loco buscando al que le hablaba, sin poderlo encontrar. ¿Cómo iba a figurarse que la voz salía de adentro de la vaca?

Sólo al rato de haber sido tragado vino a darse cuenta el Miñique del lugar en que se encontraba; pero como era de ánimo esforzado, no se atemorizó, antes bien sacó su cortaplumas del bolsillo y poco a poco abrió un buen tajo en la guata del animal y salió por ahí, no muy limpio ni muy fragante, en verdad, pero sano y salvo. El animal[{71}] cayó muerto a los pocos instantes, y el Miñique, cogiéndolo de la cola lo arrastró hasta su casa, en donde fué hecho charqui también.

Inmediatamente de dejar la vaca en poder de sus padres, que lo lavaron y le cambiaron ropa, volvió el Miñique tras el cebollero, y habiéndolo alcanzado, le gritó:

—¿Qué hubo, amigo? Me vende o no el cinco de cebollas?

—Pero niño—respondió el cebollero,—¿cómo podrás llevar media docena de cebollas grandes? Una sola sería demasiado peso para ti.

—¿Qué se ha imaginado usted, señor cebollero? Si me da por el cinco las dos árgenas, verá que me las llevo yo solito, sin necesidad de pedir ayuda a nadie.