—Ya está, te doy las dos árgenas con cebollas por el cinco—le dijo el cebollero, pensando que eran simples bravatas las del chiquitín:—dame el cinco y aquí tienes las dos árgenas—agregó, bajándolas.

Le entregó el Miñique la moneda y cogiendo las árgenas de la parte en que estaban unidas, apretó a correr, arrastrándolas tras de sí, con tanta ligereza, que en un momento se perdió de vista, dejando estupefacto al vendedor de cebollas.

Con estas aventuras, la fama del Miñique se extendió por todo el país y el Rey manifestó deseos de conocerlo.

Como la capital estaba lejos, el Miñique quiso ir a caballo y cogió una lauchita que domesticó fácilmente. De una horquilla de peinado hizo frenos y estribos; de un pedazo de cabritilla de guante viejo, la silla de montar; y de un cordón de zapatos las riendas y demás arreos; se colgó a la cintura, a manera de espada, el pequeño cortaplumas con la cuchillita abierta, y montando en su cabalgadura se dirigió a la capital del reino.

Cuando llegó a palacio, fué la admiración de todos: el Rey, la Reina, los Príncipes, las Princesas, los señores y damas de la Corte, lo acogieron con entusiasmo; no sabían qué admirar más en él, si su pequeña estatura o sus[{72}] fuerzas prodigiosas, o si su belleza o su voz estentórea. Fué calificado como la primera maravilla del reino, y el Rey quiso mantenerlo a su lado. Pero cuando el monarca le comunicó su decisión, el Miñique observó respetuosamente que no podía abandonar a sus padres, ancianos, achacosos y miserables, cuyo único sostén era él; si él les faltaba, los pobres viejos se morirían.

Mucho le agradaron al Rey los buenos sentimientos del Miñique para con sus padres, a quienes hizo venir, les dió habitación en palacio y proveyó a todas sus necesidades.

El Miñique sirvió al Rey de modo extraordinario en una guerra a que fué provocado por sus enemigos; él solo bastó para mover toda la artillería, en ocasión de que los caballos se habían hecho muy escasos; y él también, con su voz potente, transmitió las órdenes del general en jefe. Por sus servicios fué condecorado y ascendido a capitán en el campo de batalla; y vivió el resto de sus días querido y agasajado de todos.

12. LOS TRES CONSEJOS.
(Contado por la Señora Clorinda B. de Somerville, en 1915)

Han de saber que vivía en un pueblo un matrimonio muy bien avenido y que habría sido completamente feliz si la fortuna le hubiese prestado alguna ayuda; pero parece que se complacía en volverle las espaldas. Era inútil cuanto había hecho el marido, hombre bueno a carta cabal, para encontrar trabajo, porque nadie se lo proporcionaba. La mujer, que era una perla, cosía y bordaba a la perfección; pero, por desgracia, tampoco nadie la ayudaba. Tenían un hijo de unos doce años, bueno como ellos, estudioso e inteligente, que era su único con[{73}]suelo; y sin embargo, su vista hacía sufrir al padre, porque pensaba en el triste porvenir que le aguardaba.

Un día, Juan—así se llamaba nuestro hombre—tomó una determinación desesperada.