Los de afuera oían los bramidos, todos asustados, y por más que el Príncipe le decía a Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, que los transladara a todos adentro para ayudar al Soldadillo, Saltín no quiso obedecerle, porque, como el miedo es cosa viva, todavía le temblaban las carnes y no se animaba a ponerse cerca del gigante.
De repente se dejan de oir los bufidos y las puertas del castillo se abren de par en par. Mi buen Soldadillo, con el cuchillo en la mano, chorreando sangre, les dice que ha muerto al guardián del castillo y que ya pueden entrar sin cuidado. No sabía el pobre los peligros que todavía le esperaban.
Entraron, y al pasar por un gran comedor, todo lleno de manjares, Andín, Saltín y Oidín, quisieron sentarse a comer, pero el Príncipe y el Soldadillo dijeron que era preciso sacar primero a la Princesa; que después habría tiempo para comer y mucho más. Tuvieron que obedecer, porque donde manda capitán no manda marinero, y el que manda, manda, y mano a la cartuchera; y sirviéndoles de guía Oidín, Oidón, hijo del buen Oidor, llegaron hasta un pozo. El Soldadillo buscó una barra de fierro y la atravesó en la boca del pozo; buscó después unos cordeles y amarrando un extremo en la barra y el otro a su cintura, lo descolgaron.
Lo que sucedió después es digno de oirse.[{10}]
Cuando llegó al primer estado bajo tierra, el Soldadillo que entra a una sala muy hermosa y que se le presenta un enorme culebrón con siete cabezas. El Soldadillo, que estaba curado de espantos, no se asustó, antes, echando pie atrás, alzó el cuchillo y de un fuerte golpe le cortó a la Culebra una de sus cabezas. El Culebrón dió un silbido que aturdió, y desapareció por un agujero; y el Soldadillo la siguió de atrás. Al llegar al segundo estado, nuevo combate; la Culebra quería enroscar con su cola al Soldadillo, pero éste, haciéndole un quite, logró ponérsele al frente y cortarle otra de las cabezas. El Culebrón arrancó como un condenado por un portillo y el Soldadillo se coló detrás de él por el mismo portillo. Llegaron al tercer estado, la Culebra con cinco cabezas no más, y el Soldadillo, firme como un peral y con su cuchillo en la mano. Tercer combate; el Culebrón quería enterrarle la lanceta de una de sus bocas, pero el Soldadillo en un dos por tres, ¡zás! le cortó otra cabeza. Ya no le quedaban al Culebrón mas que cuatro cabezas, las mismas cuatro que le cortó mi valiente Soldadillo, una en cada estado a que el Culebrón bajaba, hasta que llegaron al séptimo, en que le cortó la última y me lo dejó sin poder moverse más.
Ya tenemos al Soldadillo en el séptimo estado bajo tierra, libre del gigante y del Culebrón y oyendo los quejidos de la Princesa, que no sabía de qué parte salían.
Buscando y buscando, da con una puerta, que abre con mucho cuidado y se encuentra dentro de una pieza tan grande y tan linda como no había visto otra en su vida; estaba toda cubierta de oro y plata y alumbrada con muchos blandones, candelabros y arañas, y en medio, tendida en el suelo, desmayada, la más hermosa Princesa que hayan visto ojos humanos. La cargó en brazos y la llevó en ellos hasta que llegó al primer estado, y amarrándose allí nuevamente el cordel a la cintura, gritó que lo suspendieran. Cuando llegó arriba, todos se quedaron con la boca abierta de ver tan hermosa Princesa, y al Príncipe casi se le salía el corazón por la boca, tan fuertemente le saltaba.[{11}]
Cuando la Princesa volvió en sí, contó que una vieja bruja la había hechizado y encerrado en ese castillo, del cual nadie tenía noticias, y que el encantamiento debía durar hasta que un príncipe viniera a librarla.
El Príncipe estaba muy feliz, porque había encontrado a su Princesa; y después de comer de los exquisitos manjares que habían encontrado preparados, el Príncipe, no queriendo demorar su casamiento, ordenó a Andín, Andón, hijo del buen Andaor, que cargara con todos y los llevara a la Corte del Rey, su padre.
¡Bueno en el hombre forzudo! A todos se los echó al hombro como si no pesaran más que una pluma, y en un par de días llegaron a la capital del reino, donde se celebró el matrimonio con grandes fiestas y banquetes, y vivieron muchos años muy felices y dichosos y rodeados de hermosos hijos que se parecían a ellos.