Después de la boda, el Soldadillo y sus demás compañeros pidieron licencia al Príncipe para retirarse, y entonces éste y la Princesa les dieron a cada uno un gran talego de plata y al Soldadillo dos; y a los cuatro, trajes muy ricos, pues estaban muy agradecidos de ellos; porque sin Andín, Andón, hijo del buen Andaor, no habrían podido llegar al castillo; sin Oidín, Oidón, hijo del buen Oidor, no habrían sabido dónde se encontraba la Princesa; sin Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, no habrían podido entrar al castillo; y sin el Soldadillo, la Princesa habría seguido encantada hasta ahora. Bien dicen que Dios, sin ser vaquero, todo lo rodea.
Y aquí se acabó el cuento del Periquito Sarmiento, que estaba con la guatita al aire y el potito al viento; y pase por una mata de poroto para que Fulano me cuente otro.[{12}]
2. EL PESCADITO ENCANTADO
(Referido en 1911 por Samuel Antonio Letelier, de 9 años, de Molina. Lo oyó contar en 1910 en Linares)
Este era un Rey que no se alimentaba sino de pescados, y para que lo abasteciera de esta carne tenía a su servicio a un viejecito que todos los días iba a pescar al mar. Le pagaba bien por su trabajo; pero lo tenía amenazado con que le haría cortar la cabeza el día que no le llevara provisión fresca de ellos.
Este viejecito vivía en una pequeña casa cerca de la costa, en compañía de su mujer, de dos hijas a quienes quería entrañablemente, sobre todo a la menor, que era muy buena y cariñosa con él; y de una perrita, que todas las tardes, cuando volvía con la pesca, salía a recibirlo.
Un día el viejecito no sacó nada en la red, a pesar de haberla arrojado muchas veces al agua; y lamentándose de su mala suerte, se sentó en un peñasco a llorar su desgracia, porque veía que su fin iba a llegar.
Llorando estaba cuando entre las olas asomó la cabeza un Pescadito colorado y le preguntó:—«¿Por qué llora el buen viejo?» El interpelado, entre sollozos, le contó lo que le pasaba; que por más que había echado las redes al mar, nada había sacado, y que si no le llevaba pescados al Rey, éste le haría cortar la cabeza.
El Pescadito le dijo entonces:—«Yo te daré todos los pescados que tú quieras, mientras vivas, con la condición de que me des a la que salga a recibirte cuando vuelvas a tu casa». El viejo le dijo que no tenía inconveniente en aceptar esta condición, porque el pobre se figuraba que, como de costumbre, saldría a recibirlo la perrita.
El Pescadito ordenó al anciano que echara la red; el viejo obedeció, y pocos momentos después la sacaba llena[{13}] de congrios, corvinas, truchas y robalos, tan grandes, tan gordos y tan lindos como nunca los había visto.
Se fué muy contento a su casa, y cuando le faltaban unas dos cuadras para llegar a ella, salió a encontrarlo su hija menor. Ya había olvidado su promesa.