A los doce años, el hortelano se enfermó gravemente; llamó a los niños y les contó su historia. Poco después murió y los dejó de herederos.

Terminado el luto que guardaron por él, dijo Sol a sus hermanos:

—Voy a salir a buscar a nuestros padres; y mientras tanto Uds. se sostendrán con el producto de la huerta.

Lucero y Luna no querían que se fuese, pero él les dijo que era necesario, y partió apercibido de dinero y provisiones para un mes.

Anduvo Sol varios días sin tropezar con nadie, hasta que, por fin, al terminar la semana, se encontró con una viejecita muy simpática, que le pidió una limosna. El niño le dió un pedacito de pan y otro de queso. La viejecita le dió las gracias y le preguntó:

—¿A dónde va, hijito?[{84}]

—A buscar a mis padres, a quienes no conozco ni sé dónde se encuentran,—le contestó Sol—y le contó su historia.

La viejecita le dijo:

—Para encontrarlos, necesita apoderarte del Arbol que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino; y yo lo ayudaré a dar con ellos.

Y entregándole tres gruesos ovillos de hilo, le agregó: