—¿Y los tres ayes?
—Para eso será preciso que V. M. comisione a alguno de los suyos, para que no se crea que los falsifico.
Ordenó el Rey a la doncella de la Princesa que fuese a sacar los ayes, y al acercarse al joven para cumplir el mandato, éste le dijo:
—Es preciso meter al saco las dos manos y buscar con cuidado entre unas yerbas que hay en el fondo, para que no se escapen.
La niña creyó que si buscaba rápidamente los ayes podrían escaparse y el joven perder la partida, y para conseguirlo, metió las manos precipitadamente entre las ortigas, que juntaba y apartaba para facilitar la salida de los ayes, pero no duró sino un instante, porque las manos se le irritaron de tal manera y era tan grande el dolor que sentía que tuvo que sacarlas casi al momento, gritando «¡ay, ay, ay!» Antonio dijo entonces al Rey:
—Ahí tiene V. M. los tres ayes que me había exigido.
—Ahora veamos esa verdad, dijo el Rey con voz alterada.
Y sacando Antonio del saco el hierro de marcar, dijo:
—Ha de saber V. M. que ayer, mientras cuidaba los conejos en la montaña, vino la Reina, a quién conocí perfectamente, a pesar del disfraz, y me pidió que le vendiera dos de esos animalitos, y yo, después de discutir un poco, consentí en dárselos con la condición...
—De que se le diera la mano de nuestra hija—exclamó la Reina, dirigiéndose al Rey, pero de modo que todos oyeron lo que decía.