Poco después llegó la Reina, se sentó al lado de Antonio y entabló conversación con él. Primero le habló de otras cosas y después de los conejos.—Qué hermosos los conejitos—le dijo—,¿por qué no me vende un par para hacer cría?—Antonio le contestó que no podía, que tenía que entregar los veinte, completos, en la tarde, so pena de vida. Ella le ofrecía lo que quisiera, este mundo y el otro; pero inútilmente, porque Antonio no cedía ni aflojaba un pelo. Sin embargo, como la Reina continuara con sus exigencias, Antonio le dijo que sólo de una manera le entregaría el par de conejos, y hasta media docena si le parecía y era dejándose aplicar una marca en las posaderas. La Reina, que no quería que Antonio se casara con su hija, viendo que no había otro medio de concluir con él, aceptó la proposición, y Antonio, para no hacerla sufrir, ya que con su sufrimiento nada ganaba, en vez de calentar el hierro, lo impregnó de tinta indeleble y lo estampó en las partes convenidas; después de lo cual la falsa doncella recibió los dos conejos y envolviéndolos en el delantal, se fué contentísima a paso ligero. ¿Qué le importaba a ella la marca? Antonio, que no podía entregar sino 18 conejos, moriría a manos del verdugo y nadie sabría lo que a ella le había pasado. Pero la Reina no contaba con el pito de Antonio, quién una vez que calculó que la Reina estaba próxima a llegar a palacio, sa[{107}]có el silbato y lo hizo sonar: un minuto después el par de conejos estaba con sus compañeros frente a Antonio. La Reina no se dió cuenta de la huida de los animalitos, así fué que casi se cayó muerta de rabia cuando al querer mostrarlos al Rey se encontró con que no traía ninguno. Contó al Rey lo que le había sucedido y sólo pudo consolarse con la esperanza de que los conejos no se hubieran ido a reunir con los otros que tenía Antonio, esperanza que le salió fallida, ya que poco después entró el joven y entregó al Rey los veinte conejos.
—Señor,—le dijo—me parece que he cumplido. Ojalá, para salir luego de cuidados, me diga cuál es el trabajo que me falta ejecutar.
—Es éste—le contestó el Rey:—toma ese saco; a las 12, me lo traes lleno de nada, nonada, tres ayes y una verdad; y ya sabes, si falta alguna de estas tres cosas ¡fuera cabeza!
—No tenga cuidado S. M., que será complacido.
Al día siguiente salió Antonio provisto de su saco, y después de echar en él, alternativamente, el hierro para marcar, un gran manojo de hortiga caballuna, una piedra y un trozo de madera, ató la boca del saco, se fué al palacio y colocándose al lado del estanque en que estaba el buque de los tres hachazos, esperó que bajaran el Rey, la Reina, la Princesa y los nobles, como en todas las pruebas anteriores. Poco antes de las 12 ya estaba reunida toda la concurrencia, y sonando la duodécima campanada del reloj, dijo el Rey:
—Supongo que habrás traído nada en el saco.
—Sí, Majestad, y aquí está—contestó Antonio—sacando el pedazo de madera, que arrojó al estanque;—ya ve V. M. que nada.
—Es verdad—dijo el Rey—¿y la nonada?
—Aquí la tiene V. M.—respondió el joven, mostrando la piedra que extrajo del saco,—pues si la arrojo al agua, no nada.[{108}]
El Rey no tuvo más remedio que asentir, y con voz alterada por la cólera al verse vencido, preguntó: