El Rey tenía un hechicero a su servicio y a él le pidió consejo acerca de qué trabajo debería proponerle a Antonio que éste no fuera capaz de ejecutarlo.
El hechicero le dijo:
—Escriba V. M. dos cartas para el Rey su vecino, una me entrega a mí, que me transformaré en jote y la llevaré en un santiamén; la otra se la entrega al pretendiente de la Princesa para que él le dé curso, y veremos cuál de los dos trae primero la contestación.
—Me parece bien—murmuró el Rey, y ordenó a su secretario que inmediatamente escribiese las dos cartas y que estuvieran listas en un momento. Con esto, mandó el monarca que llamasen a Antonio, quien, de pie ante el trono, oyó respetuosamente la orden que se le daba, y que, como la anterior, se sancionaba con pena de la vida. Antonio prometió entregar al Rey la contestación antes que el jote, y salió.
Inmediatamente reunió a sus compañeros y les contó el apuro en que se encontraba.
—No tenga cuidado, señor,—dijo el Hombre Largo—yo me encargaré de llevar la carta y traer la contestación, y por muy ligero que vuele el jote yo correré más rápidamente que lo que él vuela.
—Y nosotros velaremos por lo que pueda suceder—agregó el Cazador.
Y al punto el Hombre Largo tomó la carta y zanca[{105}]jeando con velocidad pasmosa, se perdió de vista en un momento. Y tan lijero anduvo que cuando el jote iba aún con la carta, el Hombre Largo volvía ya con la respuesta. Se cruzaron en lo alto de un cerro, el corredor corriendo y el Jote volando, y cuando éste, que como se ha dicho, era el Hechicero, lo divisó, dejó caer desde lo alto un anillo. El Hombre Largo, a pesar de la rapidez de su carrera, vió brillar el anillo en el suelo y se detuvo a recogerlo; encontrolo hermoso y pareciéndole que no le quedaría mal, se lo puso; pero apenas introdujo el dedo en el anillo, cayó en tierra dominado de un violento sueño. Con su vista perspicaz el Cazador vió todo lo ocurrido desde el lugar en que se hallaba, y comprendiendo que era el anillo el que había dejado como muerto a su compañero, le hizo los puntos con su fusil y disparó con tanto acierto que la bala rompió el anillo y cayó destrozado al suelo. Roto el encanto, el Hombre Largo continuó su carrera y en un momento llegó donde Antonio y le entregó la respuesta, que Antonio llevó inmediatamente al Rey. El Jote se demoró más de un día aún en llegar con la contestación, y el Rey, despechado, lo hizo matar.
Al otro día, bien temprano, el Rey, aconsejado por la Reina, hizo entregar a Antonio veinte conejos que debía soltar en la montaña para que anduviesen libremente y traerlos todos en la tarde; si no los traía su cuello recibiría las caricias de la cuchilla del verdugo. Antonio ofreció volver con los veinte conejos; y preguntó si esa sería la última prueba a que se le sometía. El Rey le prometió que si salía bien en ésta, no le impondría sino otra más.
Partió Antonio llevando los conejos y acompañado del mayordomo de palacio, que iba para comprobar si Antonio soltaba los animalitos; y como viera que en cuanto llegaron a la montaña les daba completa libertad y que desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, se volvió y contó a los Reyes cómo los conejos habían huído más que ligero y que sería muy difícil que Antonio pudie[{106}]ra cogerlos. El Rey, que recordaba cómo Antonio, había salido tan bien de las empresas anteriores, pidió a la Reina que se disfrazase y fuese a comprarle un par de conejos y le diese por ellos el dinero que le pidiese. Hízolo así la Reina; se vistió con los vestidos de su doncella, se peinó de distinta manera que como Antonio la había visto y, arreglada, en fin, de modo que no la conociese, partió para la montaña. Antonio la divisó desde lejos y la conoció perfectamente, y sacando el pito, lo hizo sonar. Como por encanto los conejos, saliendo de todas partes, se reunieron en un momento frente a Antonio, retozando graciosamente.