—Bueno, pues, señor, me iré con usted.

Y los cinco siguieron camino hasta llegar al palacio del Rey, en el cual se les dió alojamiento, como se acostumbraba con todos los que pretendían hacer el barco.

Fijado el día de la prueba, Antonio se puso en acecho desde antes que amaneciera, y cuando el sol despuntaba sus rayos, como viera que la Princesa llegaba al pie del árbol y, encuclillándose, se preparaba para regarlo, sacó el pito que le había obsequiado el anciano y llevándoselo a los labios sopló, y se produjo ¡Dios mío! un sonido tan espantoso que la Princesa, toda asustada, huyó a refugiarse en su aposento, sin conseguir regar el árbol.

La prueba debía tener lugar a las 12, y desde mucho antes los corredores del patio en que estaba el árbol se hallaban repletos de nobles y grandes de la Corte que, pre[{103}]sididos por los Reyes y la Princesa, querían presenciarla. Al dar el reloj el primer campanazo, salió Antonio con su hacha al hombro, y sonando el duodécimo, pegó, uno en pos de otro, ni uno más, ni uno menos, los tres golpes que tenía derecho a dar, y lo que hasta entonces ninguno de los numerosos candidatos que habían tentado la empresa había podido hacer, resultó ahora de la manera más sorprendente: como por encanto surgió del lugar que hasta un momento antes ocupaba el árbol, un buque maravilloso, con toda la armazón de oro y las velas de plata, que se movía majestuosamente en un hermoso estanque, entre cisnes y pececitos dorados. Un hurra estruendoso salió de la boca de todos y los mismos Reyes y la Princesa, muy a su pesar, no pudieron contener sus aplausos.

Los Reyes, no obstante el buen éxito de la prueba, no quisieron conceder a Antonio la mano de su hija, aunque ella, en vista del espléndido resultado obtenido por el joven y su gallarda figura, se inclinaba a aceptarlo por marido, y le impusieron, para conseguirla, la ejecución de nuevos trabajos, que Antonio aceptó de lleno, decidido como estaba a casarse con la Princesa, de quién se había enamorado profundamente, desde que la vió.

Aceptadas las nuevas exigencias de los padres de la Princesa, el Rey condujo a Antonio a una inmensa bodega toda llena de enormes toneles de vino y le dijo:

—Tienes que beberte todo este vino antes que den las 12 del día de mañana, so pena de la vida,—y le entregó las llaves y se fué.

Esperó Antonio que el Rey se alejase, y cuando calculó que ya estaría en palacio, fué en busca del Bebedor e introduciéndole en la bodega, le preguntó si se encontraba capaz de ingerir antes del mediodía todo el vino y licor que allí se guardaba. El Bebedor le contestó que tan capaz se sentía de bebérselo que no le pedía sino dos horas para dejar completamente secos los toneles. Y así fué, en efecto, porque dos horas más tarde volvió Antonio[{104}] a la bodega y no halló ni rastros de líquido; sólo vió al Bebedor, que, sentado en un poyo, fumaba tranquilamente un cigarro.—«Aquí estamos, señor,—le dijo—descansando un poco, porque después de beber, mejor que andar, es sentarse un ratito y pitar un cigarro».

Al otro día el Rey pidió a Antonio las llaves de la bodega, y se quedó mudo de espanto al ver que aquella grandísima cantidad de toneles poco antes repletos de vino y licores, estaba completamente vacía. Atontado se fué a sus habitaciones, pero antes dijo a Antonio:

—En un momento más te llamaré.