—¡Qué hombre más raro!—dijo Antonio—,¿por qué estará abrazado al árbol?
—Señor,—le contestó el hombre—mi oficio es correr y más correr, y si no me ataran o me sujetara como ahora lo estoy, tendría que seguir corriendo.
—¿No sería bueno—dijo Antonio a sus compañeros[{102}]—que llevásemos a este hombre con nosotros? quién sabe si necesitemos de la virtud que tiene!
—Bueno sería que viniese con nosotros—contestaron los interpelados.
—Me gustaría irme con ustedes—dijo el hombre corredor—pero sería necesario, para no seguir corriendo, que me llevasen amarrado.
Entonces uno de los acompañantes de Antonio se sacó de la cintura una fuerte correa y con ella ató las piernas del Corredor, que fué llevado en hombros de uno y otro alternativamente; así continuaron su camino hasta que encontraron a otro hombre que estaba tendido en tierra con una oreja pegada al suelo.
—¡Qué curioso lo que oigo,—decía el hombre—, qué curioso!
—¿Y qué es lo que oyes?—interrogó Antonio.
—Oigo que una señora aconseja a su hija que no deje de regar temprano con sus aguas cierto árbol, cada vez que se presente algún pretendiente de su mano para hacer un barco de tres hachazos, porque regado el árbol, nadie podrá hacer el barco en el mismo día.
—Pues es preciso que tú nos acompañes—dijo Antonio—y no tengas cuidado, que se te pagará bien.