No habían andado todavía media hora, cuando tropezaron con un cazador, que con un fusil de caza hacía la puntería a un objeto que ninguno de los dos alcanzaba a divisar.

—¿A quién le apuntas?—preguntó Antonio.

—A un mosco que veo volando como a una legua de altura—respondió el cazador.

—¿Y crees que podrás matarlo?

—¡Que si lo creo! estoy seguro de que lo mataré! y si no, esperen un momento.

Y dicho esto, disparó.

Un buen rato después cayó a los pies de ellos el mosco con el cuerpo atravesado de un balín. Antonio y su compañero quedaron admirados, tanto de la buena vista del Cazador como de su admirable puntería.

—¿Quieres venirte conmigo?—le dijo Antonio.—Posiblemente tenga que servirme de ti en una empresa en que me he metido, y una vez que le dé buen fin, me encontraré en situación de pagarte como sea debido.

—Pues, señor, me voy con usted.

Y los tres continuaron la interrumpida marcha; y después de haber andado una media hora, toparon con un hombre muy alto y muy flaco que estaba fuertemente abrazado al tronco de un grueso árbol.