Entre los súbditos del Rey había un joven pobre, excelente hijo, que un día amaneció con la idea de ir a conquistar la mano de la Princesa, y provisto de la bendición de su madre, de una hacha, de un hierro para marcar y de una tortilla que su madre le dió, emprendió el camino, sin darse cuenta de la dificultad de la empresa que iba a acometer.

A poco andar, le salió al paso un viejecito que con voz compungida le pidió una limosna. El joven, compadecido, le entregó la tortilla que llevaba, y el viejecito, en pago de su buena obra, le dió un pito diciéndole que podría servirle cada vez que se encontrara en apuros. Antes de retirarse, le aconsejó que tomara a su servicio a las cuatro primeras personas que encontrara en su camino; y despidiéndose de él, le indicó por donde debía seguir.

Nuevamente púsose en marcha el joven y después de tres días de camino se encontró con un hombre que estaba tendido de bruces en el suelo, bebiéndose el agua de un río.

—¿Qué estás haciendo?—preguntó Antonio, que así se llamaba el joven.

—¿Qué quiere que haga?—contestó el interpelado—tomándome el agua de este río, hasta dejarlo seco, porque hoy he amanecido con una sed muy grande.

—¿Y serás capaz de bebértela toda?

—¡Ya lo creo, pues; si para mí el agua que arrastra un río es como un vaso de agua para otros! Y si en vez[{101}] de agua arrastrara vino, mejor que mejor; más luego lo secaría!

—¿Por qué no te vienes conmigo? Tú puedes servirme y cuando termine la empresa en que me he metido, te pagaré bien.

—Perfectamente, me voy con Ud., señor.

Y siguieron muy tranquilamente por el mismo camino.