LUDOVINA
Yo miro por mi casa: ¡Y tú tienes toda la culpa, Maricuela!
MIGUELÍN
Después de que pago las copas, aún me vienes con apercibimientos.
El enano había tenido el último temblor. Sus manos infantiles, de cera oscura, se enclavijaban sobre la colcha de remiendos, y la enorme cabeza azulenca, con la lengua entre los labios y los ojos vidriados, parecía degollada. Las moscas del ganado acudían a picar en ella. Ludovina había dejado el mostrador.
LUDOVINA
¡Que no quiero compromisos en mi casa! ¡Centellón! ¡A ver cómo os ponéis todos fuera!
LA TATULA
Fuera me pongo. Pero conviene que todos se callen la boca de cómo se pasó este cuento.
LUDOVINA