El paraje se trasmuda. Mari-Gaila atraviesa una calzada por un estero rielante. El Cabrío, sentado sobre las patas, en medio de la vereda, ríe con aquella gran risa que pasa retorciéndose por las perillas de su barba.
MARI-GAILA
¡A las cinco, lo que está escrito!
¡A las seis, la estrella de los Reyes!
¡A las siete, ceras de muerte!
EL CABRÍO
Cuando remates, echaremos un baile.
MARI-GAILA
¡A las ocho, llamas del Purgatorio!
¡A las nueve, tres ojos y tres trébedes!