EL MARQUES DE BRADOMIN
Creía merecer que ella me lo dijese.
ISABEL BENDAÑA
¿Y ella, pobre mujer, no merece que le evites ese dolor?
EL MARQUES DE BRADOMIN
Si hoy atendiese su ruego, mañana volvería á llamarme. ¿Crees que esa piedad cristiana que ahora la arrastra hacia su marido, durará siempre? ¿Crees que después de martirizarse un día y otro día no hará estéril ese martirio otra carta suya? Tú sabes que también fué una ola de misticismo lo que antes nos separó. ¿Recuerdas sus terrores religiosos y la celeste aparición que le fué acordada hallándose dormida? Concha estaba en el laberinto, sentada al pie de la fuente y llorando sin consuelo: En esto se le apareció un Arcángel: no llevaba espada ni broquel, era cándido y melancólico como un lirio. Concha comprendió que aquel adolescente no venía á pelear con Satanás, y le sonrió á través de las lágrimas, y el Arcángel extendió sobre ella sus alas de luz y la guió. El laberinto, según parece, era el pecado en que Concha estaba perdida, y el agua de la fuente eran todas las lágrimas que había de llorar en el Purgatorio. A pesar de nuestros amores, Concha no se condenaría; yo sí. El Arcángel, después de guiarla á través del laberinto, en la puerta agitó las alas para volar. Concha, arrodillándose, le preguntó si debía entrar en un convento; el Arcángel no respondió. Concha, retorciéndose las manos, le preguntó si iba á morir; el Arcángel no respondió. Concha, arrastrándose sobre las piedras, le preguntó si debía deshojar en el viento la flor de nuestros amores; el Arcángel tampoco respondió; pero Concha sintió caer dos lágrimas en sus manos: Las lágrimas le rodaban entre los dedos como dos diamantes. Entonces Concha comprendió el misterio de aquel sueño. ¡Era preciso separarnos!
ISABEL BENDAÑA
¿Y os separasteis?