ADEGA LA INOCENTE

Otras peores tienen de venir. ¡Se morirán los rebaños sin quedar una triste oveja, y su carne se volverá ponzoña! ¡Tanta ponzoña que habrá para envenenar siete reinos!

EL SEÑOR CIDRAN

¡La cuitada es inocente! No tiene sentido.

MINGUIÑA

Entra, rapaza, que aquí nadie te hará mal. Dame dolor de corazón el verla.

DEGA la Inocente responde levantando los brazos, como si evocase un lejano pensamiento profético, y los vuelve á dejar caer. Después, cubierta la cabeza con el manteo, entra en el jardín lenta y llena de misterio. Así, arrebujada, parece una sombra milenaria. Tiembla su carne y los ojos fulguran calenturientos bajo el capuz del manteo. En la mano trae un manojo de yerbas que esconde en el seno con vago gesto de hechicería. Estremeciéndose va á sentarse entre las dos abuelas mendigas Minguiña y la Quemada. En tanto, la Señora del palacio, allá en el fondo del jardín, sentada en el banco que tiene florido espaldar de rosales, termina de leer la carta.

LA DAMA