CAP. XV

El carro comienza a rodar, y las tres mujeres se santiguan. Poco después la madre dormita. El carro rueda por una carretera toda en claro de luna: Las muchachas miran con recelo al camino, levantan las lonas, y sus ojos tristes siguen la luz roja de los aviones, que cruzan el cielo como estrellas errantes. Se oye lejano bombardeo, y se siente en torno la fragancia húmeda del heno. De tiempo en tiempo, al borde de la carretera, aparece confusamente una gran mancha de ganado que acampa en el fondo de las praderas; otras veces es una aldea en ruinas. La carretera se alarga sobre la llanura, se alarga infinitamente: Grandes molinos de viento, con las aspas quietas, la miran desde lejos enhiestos sobre los alcores. Se columbran las granjas entre ramajes de un negro vaporoso, rayos de luz se filtran por los resquicios de los postigos, y se adivina el interior lleno de soldados. Una de las muchachas asoma la cabeza por entre las lonas del carro, e interroga al mayoral con la voz llena de pena:

—¿Falta mucho, amigo?

El mayoral responde confusamente, con la pipa entre los dientes:

—Menos que al principio.

La niña sonríe apenas, cierra los ojos y se oprime la cintura:

—¡Se me abre el cuerpo de dolor!

CAP. XVI

De pronto el carro se detiene bamboleante, y el mayoral salta a tierra. Vacía la pipa, renegando la golpea contra la llanta de una rueda, y se la guarda en la zamarra. Las tres mujeres se miran asustadas. La madre interroga a las muchachas: