El médico la mira lleno de simpatía y le estrecha la mano:
—Es el odio al mundo clásico, hija mía. Odio de incluseros a los que tienen abolengo.
Aquel viejo enjuto, de ojos hundidos, velados por largos párpados como las águilas, tenía en la voz una sinceridad apasionada que comenzaba a ganar el corazón de las tres pobres mujeres. La madre es blanca, pesada, con el rostro enrojecido por las lágrimas: Hace recordar esas muñeconas ajadas y maltratadas que deshechan los niños. De las dos hijas, sólo la más pequeña tiene los rasgos de la madre. Carolina, la mayor, es alta, delgada, con una palidez lunaria, y los ojos negros, cargados de tristeza. Aun no ha desaparecido por completo la sonrisa de su boca, que debió ser llena de gracia. Tiene el cabello fosco, y cuando lo aparta de la frente, descubre sobre las sienes dos rincones de locura. Enriqueta, la menor, es rubia, muy infantil, y tan blanca y fina de tez, que toda la cara tiene escaldada de llorar. El médico se levanta, mira de cerca el rostro de las dos muchachas, las pulsa, y, finalmente, las ruega que se pongan en pie. Con una mirada seria y profunda las recorre de arriba abajo:
—¡Bueno! Ya estoy enterado... Ahora no conviene molestarlas más. Ahora que descansen. Mañana haremos un reconocimiento detenido...
La mayor de las muchachas se dejó caer en la silla, tapándose la cara con las manos:
—¡Doctor, yo no quiero tener un hijo de los bárbaros!... ¡No quiero llevar este contagio conmigo! ¡Si usted no me liberta de esta cadena, yo me mataré!
Acabó en una crisis nerviosa, torciendo los ojos, rechinando los dientes, y levantándose con grandes botes de la silla, entre los brazos de la madre y la hermana, que habían acudido a sostenerla. Salió de aquel estado pálida, ojerosa, contrita, hablando en voz muy tenue, con una expresión de dolor desvalido, de vida miserable que se acaba:
—¡Haber nacido para esto! ¡Haber vivido para esto!