Cuando entra el médico, la monjita se retira a la puerta y espera allí, bajos los ojos y las manos en cruz. El médico es un viejo enjuto, con el gesto apasionado y expresivo de los grandes habladores. Saluda al entrar:
—¿Qué tienen estas niñas?
Luego, viéndolas afligirse, murmura con la voz conciliadora y simpática:
—¡Bueno, ya sé lo que tienen! ¡No se apuren, hijas mías!
Se sienta cerca de la madre:
—Primero será bien que nosotros dos celebremos consejo.
La madre mira obstinadamente sus manos cruzadas, y alza las cejas:
—Sí, señor, sí... ¿Usted ya está enterado...?
—De todo, hijas, de todo... Dicen que es la guerra... ¡Mentira! Nunca el quemar y el violar ha sido una necesidad de la guerra. Es la barbarie atávica que se impone... Todavía esos hombres tienen muy próximo el abuelo de las selvas, y en estos grandes momentos revive en ellos. Es su verdadera personalidad que la guerra ha determinado y puesto de relieve, como hace el vino con los borrachos.
Una de las muchachas murmura crispada: