Los llevan suspendidos por pies y por hombros; los brazos, les cuelgan rígidos; las manos, arañan el suelo. Descansan los azadones, cantan los sapos en el fondo de los prados, y los muertos van al fondo de la fosa. Un capellán castrense bendice la tierra. La tropa se descubre y hace la señal de la cruz. Entre la niebla y la luna danzan las siluetas confusas de dos soldados que apisonan la tierra, y el camillero que ha recogido la cabeza trunca, se limpia en la yerba las manos pegajosas de sangre. Luego, para disipar las ideas tristes, todos trincan aguardiente esparcidos sobre la orilla del camino.
CAP. XVIII
El carro se detiene delante de un hospital con tres hileras de ventanas iguales, a la entrada de la villa de San Dionisio. Muchas casas tienen hundida la techumbre; otras, derribado algún esquinal; las acacias de la plaza también muestran las huellas del bombardeo, y son tantas las ramas desgajadas, que cubren el camino como una alfombra. En el hospital, todas las ventanas están sin cristales. Las tres mujeres penetran tímidamente en el zaguán, y una monja halduda, con grandes tocas y gran rosario pendulando de la cintura, les sale al encuentro. Las dos hermanas, al verla, comienzan a sollozar con extrema congoja, y la monja las toma de las manos y las lleva por un corredor blanco, alumbrado, a grandes trechos, por lamparillas de petróleo. Sobre el muro se desenvuelve un vía crucis, y en el vasto silencio de la santa casa, resuena el alarido de una mujer doliente. Las dos niñas, con el pañuelo sobre el rostro, sofocan su congoja, y la monjita habla consolándolas con una voz balsámica. La madre va detrás, atónita, deshecha, agotada. Pasa presurosa una mandadera con ropa blanca:
—¡Ave María Purísima!
—¡Sin pecado concebida!
Empuja la puerta que hay entornada hacia el final del corredor, y brevemente se ve a otra monja vieja, sentada en una silla baja, poniendo los pañales a un recién nacido. Las dos hermanas vuelven los ojos a la madre y se abrazan a ella crispadas y dando gritos. La profesa las empuja suavemente, las lleva a una sala grande, blanca, cuadrada, fría en fuerza de limpia y desnuda.