—¿Se sabe adónde vamos?
—¡Al baile de las peladillas!
—¡Qué noche de aguas!
Los caballos alargan el cuello sacudiendo las orejas bajo la lluvia. En la oscuridad, los hombres y las bestias con su halo de niebla, tienen una lentitud incorpórea. No puede distinguirse quien habla, y las voces están llenas de vaguedad, como si viniesen de muy lejos:
—¡Cochino tiempo y cochina guerra! ¡Cuándo acabará esto!
—¡Esto no acaba nunca!
Un soldado grita enfurecido:
—¡Sooo!... ¡El diablo tiene este ladrón! ¡Sooo, Fanfan!
Los conductores en el pescante de los carros, templan las bridas y restallan el látigo. La batería está formada sobre la carretera fangosa. En una esquina, al abrigo de la iglesia, brilla el anafre de una vieja que vende café y aguardiente a los soldados, que, inclinados sobre el cuello de sus caballos, le tienden los vasos. La vieja va de unos en otros con la mano puesta sobre la faltriquera llena de calderilla: