—¡Buena suerte, mocines!
La batería rueda por la carretera llena de baches, entre ráfagas de lluvia, y ráfagas de viento que aborrasca la crin de los caballos. La oscuridad es tan densa, que los artilleros, sentados sobre los armones, no alcanzan a ver el tiro delantero, y la silueta del guía aparece apenas como una sombra indecisa y movediza. Los soldados guardan silencio, entumecidos y desalentados. De tarde en tarde, un gruñido:
—¡Cochino tiempo!
—¡Cochina guerra!
—¡Y esto no acaba nunca!
—Esto lo acabarán las mujeres.
Un soldado destapa la cantimplora del aguardiente, y se la ofrece al que va a su vera en el armón. El otro trinca:
—¡Es un viaje de recreo! ¿Y adónde nos llevarán los señores?
—Adonde no hagamos falta. En llegando, nos mandarán retirarnos.
—¡Si tuvieran goteras los autos del Estado Mayor!