Los armones rebotan en los baches. El barro salpica la espalda de los artilleros. El látigo estalla sobre las grupas de los caballos que galopan contra el viento y la lluvia, levantada la ola de la crin.

A lo largo de las líneas hay un silencio lleno de recelos. Se oye el resoplar de un tren que derrama su cabellera de chispas en la cerrazón de la noche.

CAP. XXVI

¡Las Argonas! ¡Lluvia y viento! ¡Lluvia y viento a todo dar de Dios! Una silenciosa escuadra de peludos avanza en fila india chapoteando en el barro de la trinchera. El cabo explora el camino con una linterna sorda que abre ráfagas de luz en la negrura del foso. Son diez y seis hombres tristes y entumecidos, diez y seis voluntades sumisas al destino de Francia. Avanzan por la trinchera anegada, resbalando, cayendo, levantándose cubiertos de cieno, resignados al viento, a la lluvia y a la muerte. De tiempo en tiempo, entre el sordo rumor de su marcha, se percibe el entrechoque de palas y zapapicos. En algunos parajes, la tufarada de podredumbre escalofría las carnes. En otros, el fuego de los cañones alemanes ha removido la tierra a tal extremo, que de la trinchera no queda el más leve vestigio, y los soldados se extravían en un lago de barro. Tomin, el cabo de la escuadra, explora el campo, y en voz baja da órdenes para abrir el desagüe. Los soldados trabajan con una resignación sombría, y un poso de odio para aquellos que invaden la tierra francesa: ¡Aquellos soldados chatos y brutales que cantan como salvajes, que combaten borrachos, que soportan el látigo de los oficiales, que son esclavos en una tierra donde aun hay castas y reyes! Para los soldados franceses, el sentimiento de la dignidad humana se enraíza con el odio a las jerarquías: La Marsellesa les conmueve hasta las lágrimas, y tienen de sus viejas revoluciones la idea sentimental de un melodrama casi olvidado, donde son siempre los traidores, príncipes y reyes.

CAP. XXVII

Los diez y seis hombres de la escuadra trabajan en silencio: Están a pocos pasos de las líneas alemanas y el más leve rumor puede descubrirles: Abren una zanja que en pocos momentos se atuye de agua fangosa. Las alambradas rotas y retorcidas salen de entre el barro desgarrándoles la carne, y cavan enredados en ellas. Cuando los cohetes se encienden en el aire, los peludos franceses quedan inmóviles en el lago de cieno. De tarde en tarde una ametralladora perdida en la noche, desgrana sus truenos: El sonido se esfuma a intervalos en las ráfagas del viento y la lluvia, tiene repliegues profundos como si tomase la forma quebrada del terreno: Se revela de pronto, y de pronto se amengua, en una línea llena de dramatismo. Los soldados prolongan la zanja hasta un barranco, y el agua se precipita haciendo torrente. Comienza a perfilarse la forma de la trinchera. Aparecen algunos muertos enracimados en el fondo, y los soldados van sacándolos de entre el cieno y alineándolos sobre el talud. Desentierran dos ametralladoras retorcidas como virutas. El cabo mete su linterna por la boca de los abrigos: La luz tiembla sobre el agua dormida, las ratas trepan asustadizas por el muro de tierra, y unas botas negras e hinchadas rompen el haz de la charca. Las aguas hacen un círculo en torno. Los pies del muerto tienen un ligero vaiven. El cabo murmura:

—Dejaremos para mañana achicar el agua.

Un peludo se acerca, y mete la cabeza atisbando por detrás del cabo: