Al amparo de nieblas y tinieblas, las tropas alemanas abandonan las trincheras que la artillería enemiga desmorona y aplasta. Inician una retirada sigilosa, y aun cuando para encubrirla sostienen el fuego en algunos sectores, las patrullas inglesas, que mantienen el contacto, descubren la maniobra. Los cañones alargan sus tiros, y comienza el bombardeo de la segunda línea. Los reflectores esclarecen el campo, y, bajo el cielo nebuloso del alba, pasa un vuelo de aviones. Los alemanes se tienden en tierra, cercados por una cortina de fuego; los aviones los descubren, y las granadas comienzan a caer sobre ellos. Entre nubes de humo y turbonadas de tierra, vuelan los cuerpos deshechos: Brazos arrancados de los hombros, negros garabatos que son piernas, cascos puntiagudos sosteniendo las cabezas en la carrillera, redaños y mondongos que caen sobre los vivos llenándolos de sangre y de inmundicias. Los alemanes, viéndose descubiertos, comienzan a gritar:
—¡Ingleses! ¡Ingleses! ¡Piedad! ¡Piedad, que somos hombres!
Es un mugir de espanto como en los eclipses de sol tienen los toros en la dehesa. Sobre el horizonte tiembla de continuo el resplandor de la batalla, y el tronar de la artillería parece una voz que saliese de los abismos de la tierra.
CAP. XXXVII
La caballería india, distribuída en fuertes escuadras, espera tras la línea de ataque; un estremecimiento la recorre; espuelas y sables se entrechocan. Los caballos levantan las orejas y abren la nariz al viento, alguno se encabrita y corre por la campaña rebotando al jinete entre los dos borrenes. En la media luz del alba blanquean los turbantes, y se mueven las siluetas, llenas de armonía bélica como figuras de un friso. Palidecen las estrellas, y el rojo resplandor de los incendios se levanta sobre el horizonte. Es el momento en que la caballería india se lanza, con la rienda suelta, para hacer prisioneros. El galope de los caballos sacude la tierra con un vasto rumor lleno de evocaciones antiguas. Los jinetes corren con los sables en alto, los ojos ardientes, la boca estremecida por una sonrisa blanca que descubre los dientes. Los alemanes, viéndoles llegar, levantan los brazos:
—¡Piedad! ¡Piedad!
Los jinetes indios pasan acuchillándolos, y revuelven los caballos con los sables siempre en alto. El corvo tajo fulgura feroz sobre los turbantes. Resuena un grito de asombro y de cólera:
—¡No dan cuartel! ¡No dan cuartel!
Los alemanes retroceden empuñando los fusiles; miran llegar a los jinetes entre nubes de humo, y, parapetados en los socavones de las granadas, hacen fuego. Se encabritan los caballos, y corren por el campo con largo relincho, el belfo palpitante, afrontados los ojos, levantada la crin. Una montura, con la rienda suelta, galopa espantada arrastrando al jinete, que va caído sobre la grupa, sin turbante, flotando la melena negra como el ala del cuervo, y un borbotón de sangre sobre el pecho. Los alemanes, entre descarga y descarga, levantan un terrible grito: