—¡Muera Inglaterra!

Los jinetes indios revuelven los caballos y sonríen crueles bajo el resplandor de los sables. Dan la última galopada sobre un campo de muertos, y se tornan a su real.

CAP. XXXVIII

El Cuartel General de Sir Francisco Murray, veterano de las guerras coloniales, está en un palacio de estilo neoclásico, en el fondo de la Picardia. Al Cuartel General llegan de continuo las nuevas de la batalla. Bajo la gran avenida de álamos se cruzan los automóviles del Estado Mayor. Los ordenanzas hablan con los soldados ciclistas que, prontos a partir, esperan al pie de la escalinata. En las vastas salas, apagadas y desiertas, resuena el timbre de los teléfonos. Cuatro oficiales trabajan en la biblioteca, que tiene las paredes cubiertas de planos militares, y en una estancia inmediata termina la conferencia de dos generales. Aparecen en la puerta de la biblioteca con los habanos encendidos y una sonrisa jovial. El más viejo tiene grandes bigotes canos y ojos de claro azul infantil enfoscados bajo las cejas. La frente, de una gran blancura, contrasta con las mejillas atezadas y llenas de arrugas. El otro es alto, fuerte, encendido, con anteojos de oro y un gesto de imperio en la boca rasurada. El viejo, interroga:

—¿Hay noticias de los franceses?

Uno de los oficiales revuelve los papeles que tiene delante, y le alarga una hoja:

—Aquí está el comunicado, mi general.

—¡Bueno! ¿Qué dice?

—Entre ayer y hoy han hecho seis mil prisioneros.