Sir Francisco Murray hablaba despacio, con un dejo de disgusto. Uno de los oficiales interrogó:
—Mi general, ¿y cuánto tiempo durará la orden de no conceder cuartel?
—Debía durar hasta el fin. El Imperio Alemán ha faltado a sus pactos, ha faltado a las leyes de la guerra, ha faltado a todos los usos del Derecho de Gentes... Pero ahora han sido los soldados quienes olvidaron y mancillaron el honor militar como una tribu salvaje, y hemos de imponerles el castigo impuesto tantas veces por nosotros en África y Oceanía.
Sonaba el timbre del teléfono, y uno de los oficiales se levantó. En la biblioteca todos callaban. La luz del alba rayaba en los postigos de las ventanas, y parpadeaban las luces: Se advertía en todos los semblantes la huella del insomnio. El oficial que había acudido al teléfono apareció en la puerta:
—Se confirma nuestro avance. ¡Una gran victoria sin prisioneros!
CAP. XXXIX
En el ápice de la noche y el día, sutiles nieblas vuelan sobre los ateridos Campos Cataláunicos. Tras las nieblas se perfila la masa de un ejército. Ruedan los cañones y galopan los caballos con rumor sonoro, que se difunde por la vasta plana endurecida de la helada, y limitada en su lejanía por azulados bosques. Los oficiales de órdenes caracolean sus caballos al detenerlos frente a los batallones, tendidos en línea bajo las banderas desplegadas. El General Goureaud revista las tropas, y decora las banderas con la Legión de Honor. Tiene un brazo cercenado, y el rostro curtido por todos los soles, la mirada exaltada y mística, con una luz azul de audacia sagrada. Besa las banderas al imponerles la cruz, y las banderas, rasgadas por la metralla enemiga, flamean sus jirones sobre la figura mutilada del General. Son de una emoción hermana y ejemplar las banderas desgarradas y aquel soldado manco estropeado en la guerra. Cantan los clarines con claras voces, desfilan al galope los jinetes, hacen salvas los cañones, y adelantan las escuadras de infantes acompasando el paso al redoble de los tambores. Una emoción religiosa cubre la vasta plana, y las sombras antiguas ofrecen sus laureles a los héroes jóvenes de la divina Francia.