CAP. VIII

Entre Thann y Metzeral el cañoneo de tarde en tarde se enrabia, pero luego decae en su terca y lenta medida. Los dos fosos enemigos galguean por negros bosques y resonantes quebradas, cuándo despeñados, cuándo cimeros. Cruje astillado el tronco de los abetos, y al doblarse bajo la tempestad de nieve y de metralla, el ramaje ciega los caminos. Metzeral está ardiendo, y la vislumbre de las llamas corre sobre las aguas del río: A una y otra orilla, las casas muestran sus esqueletos rojos y humeantes: Caen sordamente los muros y las techumbres. Desde el comienzo de la guerra resplandecen todas las noches las hogueras de Metzeral. En los pórticos de las iglesias, bajo las rotas arcadas, se guarecen mujeres y niños. Las vacas de un establo andan perdidas sonando las esquilas. En las calles abandonadas, se amontonan huchas, camas y ropas. Un matrimonio con dos niños mira arder su casa, acurrucado al abrigo de otras casas en ruinas. El hombre tiene en brazos al más pequeño, y la mujer llora con los dedos enredados en la mata despeinada. El infante se queja con un balido, y el padre le contempla sin hablar, llenos de tristeza los ojos. A su lado, con la cabeza sobre un cesto boca abajo, duerme una niña: El padre la ha cubierto con su chaquetón, y asómanle los pies calzados con zuecos y medias azules. La madre se levanta con un repente, y descubre el rostro pálido del pequeño:

—¡Se muere! ¡Se muere! ¿No ves que se muere? ¡Ya no tenemos hijo!

El hombre calla, y la mujer mira al marido:

—No puede ser que le tengas constantemente... Debes estar muerto... ¡Dámele!

El hombre mueve la cabeza. Entonces la mujer llora:

—¡Qué horror de guerra! ¡Éramos tan felices!

La pequeña se revuelve bajo el chaquetón, se incorpora sobresaltada, dando gritos:

—¡Se murió nuestro bebé! ¡Se murió nuestro bebé!