El padre murmura sombriamente:
—¡Aun no!
También responde el balido triste. La madre arrebata al niño de los brazos del padre: El niño tuerce los ojos, tiene una sacudida, y de la nariz afilada le afluye un hilo escaso de sangre negra. La hermana sigue gritando:
—¡Se murió nuestro bebé! ¡Se murió nuestro bebé!
El padre la toma en brazos y pega su rostro contra el rostro de ella:
—¡Calla, hija mía! ¡Calla!
La pequeña comprende, y, sofocando los sollozos, besa suave, suavemente, la barba del padre. Pero luego torna a suspirar:
—¡Se murió nuestro bebé!
Y comienza la madre:
—¡Se lo llevó Dios! ¡Se lo llevó Dios! ¡Se lo llevó Dios!