Se acometen los dos: El chalan blande su pica, y el segundon, con arrogante brio, sigue clavandole los ojos, puestas en alto las manos ensangrentadas, para guarnecer su cabeza desnuda. Restalla el golpe. Entre las manos del segundon queda la pica, que vuela por los aires, luego, partida en dos. La lucha continua brava, bella, rugiente. Los caballos, asustados, huyen arrastrando las riendas, y alla lejos, en medio de los caminos, relinchan. Manuel Tovio, Manuel Fonseca, Ramiro de Bealo y el menor de sus hijos acosan en cerco a Don Gonzalo y Don Rosendo. De pronto, entre el restallar de las picas sobre los craneos y el concavo tundir de los punos contra los pechos, se levanta, como el claro canto de un gallo el grito de Don Manro.
DON MAURO
iPara mi, tres!
DON ROSENDO
iAnimo, hermanos!
DON GONZALITO
iAnimo!
Como una rafaga, la hueste de chalanes siente el triunfo de los segundones. En un tacito acuerdo comienzan a cejar, sin vergueenza de ser vencidos por aquellos tres hidalgos.—iQue para eso son hidalgos y senores de torre!—Oliveros, en tierra, de cara contra la yerba, ruge, sofocado por las manos del herculeo segundon. El grito de Don Mauro es un claro clarin.
DON MAURO
iPara mi, tres!