—Perdone vos, para rogarle, señor...
—Como ha sabido la Niña que vos, señor, junta una escolta, y ella también tiene de hacer camino.
—¡Mucho camino, señor!
—¡Hartas leguas, señor!
—¡Más de dos días, señor!
Seguí á las azafatas. La Niña Chole me recibió agitando las manos:
—¡Oh! Perdone el enojo.
Su voz era queda, salmodiada y dulce, voz de sacerdotisa y de princesa. Yo, después de haberla contemplado intensamente, me incliné. ¡Viejas artes de enamorar, aprendidas en el viejo Ovidio! La Niña Chole prosiguió:
—En este mero instante acabo de saber que junta usted una escolta para ponerse en viaje. Si hiciésemos la misma jornada podríamos reunir la gente. Yo voy á Necoxtla.
Haciendo una cortesía versallesca y suspirando, respondí: