—¿Qué caballo me habéis dispuesto?
—Aquel alazano, Niña. Véale allí.
—¿El alazano rodado?
—¡Qué va, Niña! El otro alazano del belfo blanco que bebe en el agua. Vea qué linda estampa. Tiene un paso que se traga los caminos, y la boca una seda. Lleva sobre el borrén la cantarilla de una ranchera, y galopando no la derrama.
—¿Dónde haremos parada?
—En el convento de San Juan de Tegusco.
—Llegaremos al levantarse la luna.
—Pues advierte á la gente de montar luego, luego.
El caballerango obedeció. La Niña Chole me pareció que apenas podía disimular una sonrisa: