—¿Por qué?

—Porque no debe ser. Le ruego, señor, que siga su camino. Yo seguiré el mío.

—Es uno mismo el de los dos. Tengo el propósito de secuestrarla á usted apenas nos hallemos en despoblado.

Los ojos de la Niña Chole, tan esquivos antes, se cubrieron con una amable claridad:

—¿Diga, son locos todos los españoles?

Yo repuse con arrogancia:

—Los españoles nos dividimos en dos grandes bandos: Uno, el Marqués de Bradomín, y el otro todos los demás.

La Niña Chole me miró risueña:

—¡Cuánta jactancia, señor!

En aquel momento el caballerango vino á decirle que habían ensillado, y que la gente estaba dispuesta á ponerse en camino si tal era su voluntad. Al oirle, la Niña Chole me miró intensamente, seria y muda. Después volviéndose al criado, le interrogó: