Y al mismo tiempo se santiguó devotamente. Sin desplegar los labios me acerqué á su lecho, y quedé mirándola grave y triste. Ella, con la voz asustada, murmuró:
—¡Una monja se halla moribunda!
Yo entonces tomando sus manos entre las mías, le dije amorosamente:
—¿Y esto te causa miedo?
—¡Oh!... ¿Quién será? Ahora entrega su alma á Dios Nuestro Señor. ¿Será alguna novicia?
Sonriendo diabólicamente, le dije:
—¡Acaso sea yo!...
—¿Cómo, señor?
—Estará á las puertas del convento el general Diego Bermúdez.
—¡No!... ¡No!...