Y oprimiéndome las manos, comenzó á llorar. Yo quise enjugar sus lágrimas con mis labios, y ella echando la cabeza sobre las almohadas, suplicó:

—¡Por favor!... ¡Por favor!...

Velada y queda desfallecía su voz. Quedó mirándome, temblorosos los párpados y entreabierta la rosa de su boca. La campana seguía sonando lenta y triste. En el jardín susurraban los follajes, y la brisa que hacía flamear el blanco y rizado mosquitero, nos traía aromas. Cesó el toque de agonía, y juzgando propicio el instante, besé á la Niña Chole. Ella parecía consentir, cuando de pronto en medio del silencio, la campana dobló á muerto. La Niña Chole dió un grito y se estrechó á mi pecho: Palpitante de miedo, se refugiaba en mis brazos. Mis manos, distraídas y paternales, comenzaron á desflorar sus senos. Ella, suspirando, entornó los ojos, y celebramos nuestras bodas con siete copiosos sacrificios que ofrecimos á los dioses como el triunfo de la vida.

OMENZABAN los pájaros á cantar en los árboles del jardín, saludando al sol, cuando nosotros, ya dispuestos para la jornada de aquel día, nos asomamos á la reja. Las albahacas, húmedas de rocío, daban una fragancia intensa, casi desusada, que tenía como una evocación de serrallo morisco y de verbenas. La Niña Chole reclinó sobre mi hombro la cabeza, suspiró débilmente, y sus ojos, sus hermosos ojos de mirar hipnótico y sagrado, me acariciaron románticos. Yo entonces le dije:

—¿Niña, estás triste?

—Estoy triste porque debemos separarnos. La más leve sospecha nos podría costar la vida.