Pasé amorosamente mis dedos entre la seda de sus cabellos, y respondí con arrogancia:
—No temas: Yo sabré imponer silencio á tus criados.
—Son indios, señor... Aquí prometerían de rodillas, y allá, apenas su amo les mirase con los ojos fieros, todo se lo dirían... ¡Debemos darnos un adiós!
Yo besé sus manos apasionado y rendido:
—¡Niña, no digas eso!... Volveremos á Veracruz. «La Dalila» quizá permanezca en el puerto: Nos embarcaremos para Grijalba: Iremos á escondernos en mi Hacienda de Tixul.
La Niña Chole me acarició con una mirada larga, indefinible. Aquellos ojos de reina india eran lánguidos y brillantes: Me pareció que á la vez reprochaban y consentían. Cruzó el rebocillo sobre el pecho y murmuró poniéndose encendida:
—¡Mi historia es muy triste!
Y para que no pudiese quedarme duda, asomaron dos lágrimas en sus ojos. Yo creí adivinar, y le dije con generosa galantería:
—No intentes contármela: Las historias tristes me recuerdan la mía.
Ella sollozó: