—Hay en mi vida algo imperdonable.

—Los hombres como yo todo lo perdonan.

Al oirme escondió el rostro entre las manos:

—He cometido el más abominable de los pecados: Un pecado del que sólo puede absolverme Nuestro Santo Padre.

Viéndola tan afligida, acaricié su cabeza reclinándola sobre mi pecho, y le dije:

—Niña, cuenta con mi valimiento en el Vaticano. Yo he sido capitán en la Guardia Noble. Si quieres, iremos á Roma en peregrinación, y nos echaremos á los pies de Gregorio XVI.

—Iré yo sola... Mi pecado es mío nada más.

—Por amor y por galantería, yo debo cometer uno igual... ¡Acaso ya lo habré cometido!

La Niña Chole levantó hacia mí los ojos llenos de lágrimas, y suplicó:

—No digas eso... ¡Es imposible!