Sonreí incrédulamente, y ella, arrancándose de mis brazos, huyó al fondo de la celda. Desde allí, clavándome una mirada fiera y llorosa, gritó:

—Si fuese verdad, te aborrecería... Yo era una pobre criatura inocente cuando fuí víctima de aquel amor maldito.

Volvió á cubrirse el rostro con las manos, y en el mismo instante yo adiviné su pecado. Era el magnífico pecado de las tragedias antiguas. La Niña Chole estaba maldita como Mirra y como Salomé. Acerquéme lleno de indulgencia, le descubrí la cara húmeda de llanto, y puse en sus labios un beso de noble perdón. Después en voz baja y dulce, le dije:

—Todo lo sé. El general Diego Bermúdez es tu padre.

Ella gimió con rabia:

—¡Ojalá no lo fuese! Cuando vino de la emigración, yo tenía doce años y apenas le recordaba...

—No le recuerdes ahora tampoco.

La Niña Chole, conmovida de gratitud y de amor, ocultó la cabeza en mi hombro:

—¡Eres muy generoso!

Mis labios temblaron ardientes sobre su oreja fresca, nacarada y suave como concha de perlas: