—Niña, volveremos á Veracruz.
—No...
—¿Acaso temes mi abandono? ¿No comprendes que soy tu esclavo para toda la vida?
—¡Toda la vida!... Sería tan corta la de los dos...
—¿Por qué?
—Porque nos mataría... ¡Lo ha jurado!...
—Todo será que no cumpla el juramento.
—Lo cumpliría.
Y ahogada por los sollozos se enlazó á mi cuello. Sus ojos llenos de lágrimas, quedaron fijos en los míos como queriendo leer en ellos. Yo fingiéndome deslumbrado por aquella mirada, los cerré. Ella suspiró:
—¿Quieres llevarme contigo sin saber toda mi historia?