La Niña Chole se interpuso, gritando con angustia:
—¡Si respetáis su vida, he de daros harta plata!
Un viejo que á guisa de capitán estaba delante, volvió hacia ella los ojos fieros y encendidos. Sus barbas chivas temblaban de cólera:
—Niña, la cabeza de Juan Guzmán está pregonada.
—Ya lo sé.
—Si le hubiésemos entregado vivo, tendríamos cien onzas.
—Las tendréis.
Hubo otra ráfaga de voces violentas y apasionadas. El viejo mercenario alzó los brazos imponiendo silencio:
—¡Dejad á la gente que platique!
Y con la barba siempre temblona, volvióse á nosotros: